A PROPÓSSITO DE LO HISPANO Y DE SU CULTURA
El Ateneo de la República se complace y se honra al incluir entre sus publicaciones un texto de Gilberto Freyre. Ostentan, en efecto, la obra escrita y la personalidad del maestro pernambucano relieve internacional. En lo que atañe a nuestra realidad iberoamericana, su labor sociológica, que abraza junto a su realidad intrinseca una ingente labor en volúmenes numerosos, no tiene parangón adecuado con ninguna otra de nuestra área cultural.
El texto que aqíi publicamos equivale a un panorama, tan hondo como vasto, de ese tema central en la historia de nuestros pueblos de América que es el significado y el alcance de las raíces criollas -esto es, a la par españolas, portuguesas y americanas- de nuestra cultura aborigen.
Cuadernos del Ateneo de la República ha contado para la traducción del trabajo del maestro Freyre con el empeñoso esfuerzo de alumnos del Instituto del Servicio Exterior, que conocen lengua portuguesa. Ese primer trasiego fue meticulosamente revisado y completado por nuestro consocio, el escritor y crítico Raúl Rivero Olazábal.
Máximo Etchecopar
EN un Instituto como éste, que se propone aproximar dos culturas nacionales de común origen hispánico y de futuro probablemente común, y que está realizando esa su misión de manera ejemplar, bajo la presidencia de un maestro del alto valor de Pedro Calmón y prestigiado por la inteligencia admirablemente lúcida de un Mario Amadeo, embajador y profesor, hay cabida para el tema que esta tarde procuraré rasguñar apenas en la corteza y tan sólo en algunos de sus muchos aspectos. De donde el "a propósito" del título apunta a sugerir la modestia de los límites dentro de los cuales el conferenciante intentará considerar el tema - extremadamente complejo--, para comentarlo y no precisamente para tratarlo a fondo.
Pero la cultura hispánica -cultura en su sentido sociológico, hispánica en el sentido de ibérica, pues conviene que algunos españoles dejen de pretender monopolizar el adjetivo "hispánico", y entre los portugueses y brasileños otros tantos dejen de temer en él el espantajo de un supuesto imperialismo, el de la "hispanidad" en el significado exclusivo de españolidad- la cultura hispánica está en la base de nuestras estructuras nacionales argentina y brasileña, como un vínculo transnacional, vivo y germinal en su capacidad de aproximar naciones, cuasi-naciones, poblaciones neohispánicas, en lo esencial de sus formas de vivencia y de convivencia.
Digo, además de naciones, cuasi-naciones y poblaciones, porque éstas existen al lado de los estados-nación de cultura básica o principalmente hispánica. Cuasi-naciones tal vez en camino de volverse estados-nación. Y hay en espacios boy políticamente no hispánicos poblaciones, señales arquitectónicas sobre el paisaje, supervivencias culturales y lingüísticas que bacen de ellos proyecciones de la presencia ibérica o hispánica, por más que a los ojos del político y del jurista poco tengan esos valores de ibéricos o de hispánicos. El sociólogo de la cultura, sin embargo, ve en esas sucesiones de dominio político, jurídico o económico de hispanos por no hispanos, episodios de superficie que raramente Ilegan a descaracterizar, en lo esencial, las situaciones más profundamente étnico-culturales o psico-culturales, que reflejan decisivas influencias éticas, estéticas, lingüísticas, religiosas sobre poblaciones que pueden pasar de un dominio político o jurídico a otro sin perder lo esencial de su formación. El hombre de Fluerto Rico se presenta hoy anglosajonizado, más en la superficie que en lo esencial de su modo de ser hombre; en lo esencial sigue siendo ibérico o hispánico. No se conoce un nativo de Fluerto Rico que haya Ilegado a ser poeta. o escritor notable en lengua inglesa; o que se haya podido superar en este sector, y utilizando la misma lengua inglesa, a un Rubén Darío o un Amado Nervo.
Lo mismo podría decirse del hombre de Goa. El mismo hindú o parsi o musulmán sin una gota de sangre europea y ciudadano años ha de la poderosa república no hispánica, el goense típico, es un hombre ibérico o hispánico en lo esencial de su modo de ser hombre y en las formas decisivas de su cultura. Lo que también sea exacto acaso del filipino verdaderamente tipico, que puede ser entusiasta de la Coca-Cola como refrescante sin dejar de ser más entusiasta aúm del vino de Málaga como estimulante.
La cultura hispánica es una cultura que se ha expresado en vinos tradicionales y a la vez siempre actuales en su sabor y virtudes, más que en refrescos de fabricación industrial o casera, aunque no le falten tales bebidas. Es también una cultura en que lo popular, lo rústico, lo folklórico va siempre acompañado de lo erudito. Y a la que no le falta aquella creencia en el misterio que Cervantes señaló en términos caricaturescos: Yo no creo en bruxas, pero que las hay, las hay.
En el hispano tipicamente hispánico debe destacarse que, en los contactos del siglo xvi con no europeos, fue cristocéntrico -teológicamente cristocéntrico y, una vez mermado el ardor teológico, política o sociológicamente cristocéntrico- antes que etnocéntrico. Su manera propia de ser cristiano fue la que expresó casi siempre: una relación entre la fuerza no sólo teológica sino sociológica de la religión y el poder --o el mito- biológico de la etnia, con predorninio de aquella fuerza sobre este poder o sobre este mito. Aunque el poder biológico de la -etnia no dejara de actuar a su modo entre hispanos -de ahí las exigencias en cuanto a pureza de sangre para la admisión de individuos en cargos o en órdenes y cofradías-, fue contenido en su. tendencia a los excesos por la fuerza sociológica de la religión. Nunca llegó a ser por parte de los hispanos, en sus relaciones con no europeos, el factor decisivo que fue en las relaciones de los europeos no hispánicos con los mismos no europeos.
Son significativos los cultos que se desarrollaron en el Africa, en la América y en el Oriente marcados por la presencia ibérica o hispánica, de Nuestras Señoras, de santos y hasta de Cristos de color, o asociados principalmente a las devociones de la gente de color, de no europeos. Basta recordar el culto de Nuestra Señora de Guadalupe -tan vigoroso en México- y en el Brasil, el de Nuestra Señora del Rosario y el de San Benedito. La pintura cuzqueña señala la tendencia hispánica -y lo hace con extraordinario Vigor estético- hacia la identificación de los más altos símbolos y de las figuras máximas de la religión cristiana con tipos físicos no europeos, destruyéndose así el mito de una religión etnocéntrica, de un cristianismo sólo europeo, detenido en el tiempo europeo, identificado con la etnia caucasoide, sin proyecciones de aventura sobre futuros no europeos como tienden a ser, en gran parte, los hispánicos.
Repugna a algunos de nosotros, hispanos, un presentismo con pretensiones de modernismo que ignore sus dimensiones de tiempo más allá de lo inmediatamente actual o de lo apenas moderno. Y en esa actitud creo que se expresa la antigua tendencia hispánica a situar al hombre en un tiempo que, lejos de ser mero presente, es también lo que fue y lo que será -inclusive lo más allá del tiempo-, los tres interpenetrándose. Trivio, constantemente trivio. Es éste un asunto al que dediqué ya un ensayo escrito y publicado en lengua inglesa, y posteriormente en alemán; constituyó también el tema de la conferencia que pronuncié en 1961, en inglés, en la Universidad de Princeton, bajo la presidencia del maestro Américo Castro, profesor a la sazón en aquella Universidad; de él me vengo ocupando desde entonces en universidades alemanas y suizas, en las cuales uno, de mis afanes ha sido el tratar de sugerir que quien dice "cultura hispánica" no se refiere tan sólo a los valores de un pasado de gloria, sino a las posibilidades de un futuro de aventura hispánica.
Quien considera problemas de sociedad y de cultura a través de una concepción trivia del tiempo, difícilmente puede deslizarse hacia un tradicionalismo convencional: debe ser también calificado como futurólogo. Fue lo que destaqué en el primer curso universitario de Futurología, desde el punto de vista sociológico, dictado en el Brasil. Lo dictó el que habla en la Universidad Federal de Brasilia, hace tres años; luego repetí parte de él en la Facultad de Derecho de Pelotas en Río Grande del Sur, otra en la de Filosofía de Porto Alegre y aun otra parte en el Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Lisboa; y un intento de síntesis de esas diversas conferencias en la Universidad de St. Gall, en Suiza; y siempre fui oído con extremo interés por jóvenes y estudiantes, lo que indica que en las nuevas generaciones; no son todos enemigos de las ciencias, de los estudios y de las preocupaciones serias. Soy de los que no desean ver transformados ni a Francia ni al Brasil en repúlblicas de estudiantes. Pero soy también de los que no conciben culturas nacionales desdeñosas de la participación de los jóvenes, o de ligazones objetivas, constantes, entre los tres tiempos: pasado, presente y futuro. Se entiende así que las universidades deban ser cada día más lugares de encuentro de jóvenes y mayores, en que los jóvenes sean oídos por los mayores en lugar de verse reducidos a oyentes pasivos de maestros convencionalmente maestros.
Si recuerdo actividades aparentemente desvinculadas del asunto que procuro, comentar más que estudiar, es porque dentro de esa concepción trivia del tiempo me parece justo emprender una tentativa más amplia que las hasta ahora esquematizadas, en el sentido de una caracterización no sólo histórica, sino, sociológica, del complejo de civilización ibérica o hispánica. Pues siendo un complejo en desarrollo, el tiempo, en que se halla inmerso no es el meramente histórico. Lo que en él es historia ---o tradición- es historia --o tradición- proyectada en un presente que a cada instante se proyecta en el futuro; tal es la vitalidad del todo: un todo desobediente a rígidos controles; cronológicos. Puede decirse recíprocamente del pasado ibérico o hispánico y del presente en que él se proyecta, que son pasado o presente que casi nunca ha existido o existe en rebeldía del futuro. El futuro los tiene condicionados bajo místicas mesiánicas, esperanzas míticas, sueños de recuperación de paraísos perdidos o de conquista de paraísos terrenales. Incluso los mesianismos anarquista y socialista-marxista son místicas, ya teológicas, ya materialistas, tan características del ethos hispánico como la nostalgia de lo que fue, la saudade, el gusto por la recordación de la vida que, ya vivida, tiene especial sabor al ser revivida. "Recordar un amor es amar otra vez", dice muy hispánicamente un poeta portugués en verso mediocre pero célebre; al paso que otro poeta también portugués, el admirable Teixeira de Pascoaes, hizo del saudosismo una come filosofía de vida nacional portuguesa que, aunque poco profunda como filosofía, atrajo las simpatías de Miguel de Unamuno por lo que ella tiene de intrusión efusiva y sugestivamente lírica en la meditación filosófica.
Al mismo tiempo el mesianismo, en sus variadas expresiones -inclusive la anarquista y la socialista-marxista: que lo diga el sugestivo ensayo del post-marxista argentino Juan José Sebrelli, Buenos Aires, Vida cotidiana y alienación- está muy presente tanto en la literatura de expresión portuguesa como en las de expresión española. Y el mesianismo es la preocupación por el futuro; es esa actitud de "esperanza", tan característicamente hispánica, estudiada con espíritu filosófico y sentido sociológico por el profesor Laín Entralgo, de Madrid, en obra que es uno de los más penetrantes análisis del ethos ibérico o hispánico aparecidos en los últimos años. Y no pocas veces ese mesianismo, ese incesante y no siempre paciente esperar, en que la espera se prolonga casi siempre en esperanza, ha sido por parte de los portugueses, tal vez más que por parte de los españoles -pero también de los españoles- Una especie de idilio, proyectado bacia el futuro, con tierras calientes y gente de color, en las cuales el hispano más aventurero encontrase o recuperase un como paraíso perdido o deseado. Tierras de más sol todavía, más luz y, sobre todo, más espacio, -la pampa argentina, por ejemplo, o los espacios anfibios de la Amazonia brasileña- que las hispánicas de Europa.
Ningúm esfuerzo de interpretación de la civilización hispanoamericana -parte considerable de la panhispánica- puede realizarse independientemente de la consideración del hecho de que, en la base de unidad de ese sistema moderno de civilización, está su americanidad, si no como una condición física o ecológica en el sentido, meramente biológico, considerable sí Como una condición psico-cultural o sociológica de desarrollo. Bajo este último aspecto, la americanidad ha afectado las propias culturas hispánicas situadas en espacios maternos -la propia España y el propio Portugal- en fuerza de sus contactos con las poblaciones en gran parte mestizas de origen e cultura principalmente hispánica situadas en espacios americanos, inclusive las situadas en espacios tropicales de América. Si es cierto que hasta fecha relativamente reciente, las éIites más europeizadas de los países americanos del mundo hispánico trataron de comportarse estrictamente como si no vivieran en áreas no europeas, la verdad es que, en los últimos tiempos, van cediendo a la ecologia de su situación, dentro de la cual siempre procuró telúricamente vivir la gente del pueblo a través de estilos de vivienda, de vestido, de alimentación que dejaron de ser castizamente hispánicos para convertirse, como en ciertas áreas, en la propia condición étnica de gran parte de esa gente, mestizos. Verdad es también que el gusto por ciertos valores no europeos -los gauchescos, por ejemplo- desarrollados en países del mundo hispánico más por la gente del pueblo que por las élites, más por la plebe que por la burguesía, se va comunicando con creciente intensidad a las élites burguesas e intelectuales de esos países y de las propias naciones eurohispánicas. De ese modo, a través de la creciente valorización de usos no europeos por el propio, europeo nórdico, cuyo status de burgués a la moda del siglo xix y de comienzos del actual es un status en disolución, y estando también por disolverse, el status convencional del proletariado, se va ensanchando la base no europea del sistema hispánico o ibérico de civilización, de base de diferenciación apenas ecológicamente física o bio-social a base psico-cultural. Pero sin que ese ensanchamiento y esa diferenciación impliquen un empobrecimiento del complejo panhispánico de sociedad y de cultura transnacionales. Al contrario; parecen implicar su robustecimento a través de su creciente definición, como un sistema más que europeo y no sólo europeo.
Es una expansión, la euroibérica o eurohispánica en espacios americanos que, por un proceso anterior de simbiosis, se va volviendo indohispánica o indoafrohispánica o ítalo o teutohispánica, y en todos esos casos parte de un complejo panhispánico de cultura, mediante la interpenetración de hispanos y poblaciones y culturas no europeas o no hispánicas (es decir, de origen no hispánico, cuando son europeas). Y ello imperialmente, a través del dominio económico o político de europeos sobre no europeos, de hispanos sobre no hispanos, con las culturas invasoras o conservadoras o imperiales - esto es, imperialmente europeas o hispánicas- manteniéndose apartadas de las indígenas o cerradas a las adventicias, ya como colonizadores europeos frente a las poblaciones nativas, ya como antiguos hispanos frente a los neohispanos, evitándose los casamientos mixtos, de hispanos con no hispanos. Quienes, para el estudio de ese tipo de relaciones humanas de europeos con no europeos, y de relaciones culturales de europeos con ambientes no europeos -ambientes en los cuales el hispano se va integrando de modo casi siempre simbiótico, por la adopción e hispanización de los nativos con quienes se ha mezclado y de numerosas costumbres, usos íntimos, conocimiento de plantas, animales y alimentos no hispánicos como cacao, quinina, yerbamate, ipecacuana, lama, pavo, tomate, tabaco- proponen una sistemática especial para el estudio histórico, antropológico y sociológico, lo hacen considerando, la expansión ibérica o hispánica en áreas no europeas como un tipo de expansión nítidamente diferenciado del inglés o del francés, del holandés o del belga, con sus tendencias a la segregación, ya de orden étnico, ya de orden cultural.
A la sombra. de esa posible sistemática de estúdio especial, podríamos desile ahora esbozar respuestas no del todo retóricas o sentimentales o simplemente políticas, a preguntas como:O¿cuál es el papel – en el sentido sociológico de papel- cultural que desempeña el hombre hispanoamericano? 0 ¿cuál es el papel sociológico que desempeña un sistema de civilización o de cultura como el hispánico, cuya unidad de desarrollo histórico, de desarrollo ecológico y de proyecciones sobre otros espacios y otros tiempos se ha revelado mayor que su diversidad, ya histórica, ya ecológica?
Considerado del modo en que aquí se sugiere, el papel desempeñado no sólo por la América hispana como por el complejo panhispánico, o total, de cultura o de civilización -complejo en desarrollo extraeuropeo en diversas partes del mundo parece que se puede afirmar de él que, constituye ya un desmentido a la tesis de que las civilizaciones mixtas y las poblaciones mestizas son incapaces de competir, en virtudes creadoras, con las civilizaciones Ilamadas -puras y con las razas tituladas también puras. Es un desmentido que va del arte cuzqueño al modemo arte mejicano, que va de las realizaciones del bandeirante brasileño de los días coloniales -mestizo de blanco y amerindio- al moderno brasileño, no sólo del tipo paulista sino del tipo nortino o nordestino y del tipo gaúcho -notables los tres por la energía pionera y por el ánimo emprendedor-, y aun del tipo baiano y del tipo mineiro, caracterizados por el vigor de la acción estabilizadora de la sociedad y de la cultura que vienen desarrollando dentro del conjunto brasileño, parte del complejo panhispánico. Tipos psicoculturales y biosociales que, o mucho me equivoco, o tienen sus equivalentes, como tipos aparentemente contradictorios pero, en realidad, complementarios dentro, de otros complejos nacionales o cuasi nacionales como, el argentino, el mejicano, el chileno, el colombiano, el cubano, el paraguayo, el peruano, el filipino, el goense, el lusoangolino, el hisomusulmán, el lusocaboverdense, que constituyen el conjunto ibérico o hispánico de cultura o de civilización.
La definición más satisfactoria del conjunto hispanoamericano sería tal vez la que lo considerase una interpenetración tal de esas dos realidades que ni la ecológica fuera mayor que la histórica, ni la histórica mayor que la ecológica. El espacio americano y el tiempo hispánico, serían aspectos de una sola vivencia, de una única experiencia, del mismo proceso de desarrollo de varios grupos humanos de un comúm origen europeo en tierras americanas -tierras diferentes unas de otras en varios aspectos de su físico y habitadas, antes de ser marcadas de modo diverso por la presencia hispánica, por grupos indígenas de civilizaciones desiguales. Desiguales, pero todas americanas en lo, esencial de sus condiciones de espacio, y constituyendo una sola área americana dividida en varias sub-áreas según los mayores o menores desarrollos culturales y mayores o menores interpenetraciones entre sus poblaciones y culturas. Sobre ese cimiento fundóse la también variada cultura hispanoamericana.
La América hispánica, así considerada, se presentaría como un todo que, tanto en su base física como en la fonnación básica de las sociedades humanas que sociológicamente la constituyen, formaría un sistema tanto ecológico como cultural, cuyas características generales dificilmente serian anuladas por las diferencias nacionales o regionales que dentro de ella se han desarrollado desde hace cuatro siglos. Tales diferencias son evidentes. Ellas hacen a la Argentina, por ejemplo, una nación ostensiblemente diferente de Méjico; al Uruguay, casi un contraste con Ecuador. Pero sin que deje de haber entre esas expresiones diversas de la misma civilización -la hispánica en espacio americano algo de comúm que proviene de esas dos condiciones básicas: la de ser expresiones distintas de una misma civilización -la hispánica- que se desarrolla en un mismo espacio, el americano.
Es cierto que en Méjico esa civilización se ha desarrollado en una sub-área sellada por la presencia, antes de la ocupación hispánica, de una elevada cultura indígena. Cultura anterior a la presencia hispánica, pero con la cual la hispánica entró -después de agudos conflictos en los primeros tiempos- en íntimas y fecundas relaciones que dieron por resultado más de una feliz combinación de valores artísticos; caso también del Perú. Cierto es que en la Argentina, del mismo modo que en ciertas partes del Brasil, al elemento hispánico se han juntado de manera considerable, desde comienzos del siglo, xix, otros elementos europeos de colonización, como el germánico y, principalmente, el italiano. Cierto es que en varias sub-áreas hispanoamericanas la presencia del negro africano ha reforzado, desde el siglo xvi, sus características de sub-áreas de civilización eurotropical, haciendo más difícil en esas sub-áreas la afirma
ción de otra presencia europea o caucásica, después de la hispánica.
Mas, con toda esa diversidad, existe una América que es un conjunto de expresiones de una misma civilización hispánica integrdndose en un mismo espacio americano. Este -el espacio americano marcado por la presencia hispánica- es un espacio en parte frío, en parte templado y, en gran parte, tropical. Por lo que es una civilización, la hispánica en América, que, en algunos de sus rasgos más originales, ha significado principal aunque no exclusivamente, un triunfo o una victoria de la civilización europea en espacios tropicales. La misma Argentina tiene su trópico y tuvo su negro; tuvo y fiene su amerindio, tiene su gaucho.
Aun admitiéndose la poca significación de las circunstancias ecológicamente tropicales, o de las repercusiones de esas circunstancias en espacios físicamente no tropicales, que han condicionado el desarrollo - bajo tantos aspectos, notable de tropicalismos en la Argentina, en Chile y en el Uruguay, esas repercusiones han ocurrido y ocurren. En las demás naciones hispánicas de América, han sido desarrollos europeos bajo condiciones en gran parte tropicales de vida.
Con la Argentina, Chile y el Uruguay no preservadas del todo -felizmente para ellas- de las influencias americano-tropicales o afro-tropicales en sus etnias y en sus culturas -pues el negro no estuvo del todo ausente ni de la formación argentina ni de la uruguaya-, compréndese que se atribuya extensión considerable a la presencia del trópico y del propio negro sobre el todo hispanoamericano. Presencia que se extendió a otras partes; del mundo marcadas, desde el siglo xvi, por la presencia hispánica: una presencia casi siempre receptiva y hasta simpática a influencias tropicales, africanas y semitas. Receptiva, sí, pero receptiva de manera activa, al conseguir siempre hispanizar tales influencias a través principalmente de la cristianización, si no siempre teológica al menos sociológica, de manera de formar con ellas nuevos tipos o nuevas expresiones físicas del hombre -por la miscegenación- y de sociedad de cultura por la interpenetración de etnias, de herencias sociales y de sustancias culturales adaptadas a formas predominante, aunque no exclusivamente, hispánicas de cultura. Inclusive de religión, de arte, de política. Inclusive, también, de actitud para con el tiempo, para con el ocio y la holganza.
En un reciente artículo publicado en una revista de Madrid, el príncipe de Starhemberg – qué extraño resulta citar en un artículo sociológico con pretensiones de ser actual a un autor que es príncipe! Es como si se convocara a un personaje de Proust para una actualísima antinovela- demuestra su íntimo conocimiento del ethos hispanoamericano, conocimiento adquirido en su juventud de estudiante universitario en la Argentina y Chile, al trazar un perfil del hombre de esta América que por lo demás, coincide con lo que yo mismo he intentado esbozar en trabajos poco divulgados en lengua española. Es así como el sociólogo austríaco destaca lo que considera "la inmunidad" del hispanoamericano a esas teorías y estilos de vida tan racionales, fríos y duros como los que propugna el marxismo leninista 1, para destacar en seguida en la misma gente hispanoamericana transnacionalmente considerada-en el hombre iberoamericano o hispanoamericano - un profundo sentido, de lo religioso y de libertad, que sabe apreciar el ocio para meditación y tertulia 2, sabiendo, además de eso, a pesar de pobreza y dificultades... conservar una considerable dosis de humor 3.
Del sentido de lo religioso, del gusto por la libertad y de la capacidad de apreciación del ocio para meditación y para tertulia, tal vez se pueda decir que son características distribuidas casi por igual entre los hispanoamericanos; la exacta verificación de esa afirmación depende de la investigación psicosocial que se haga algún día. Del humor tal vez pueda decirse que, Como humor con algo de autocrítica, tal vez sea más vivo entre los brasileños que entre algunos de sus vecinos, de tipo más bolivariano, de la América española. más punzante del humor
Nótese entretanto que la forma puede hacerse tan excesiva en su acción autocrítica que Ilegue a ser un obstáculo al élan creador, personal o nacional. Fue de lo que padeció, en Portugal, la generación dominada por el genio de Eça de Queiroz, de tan fuerte repercusión en el Brasil. Lo deseable es el humor autocrítico que, siendo actuante, no Ilegue a ese extremo. De los hispanoamericanos, justo es decir que necesitamos todos, tanto en la América portuguesa como en la española, de todo el élan creador de que seamos capaces, pues se trata de que nos afirmemos como portadores activos e incesantemente renovadores de una civilización ya diferente, tanto de las europeas como de la angloamericana. Necesitamos tener ese orgullo de nuestros propios valores y de nuestros propios estilos de vida, ese desdén por los modernismos, aunque no por la modernidad; esa fidelidad a tradiciones válidas, esas visiones de futuro que correspondan a predisposiciones, a esperanzas, a mitos desarrollados desde nuestra propia vivencia; esa lealtad a constantes que, consideradas por algún tiempo arcaísmos por pueblos tecnológicamente más avanzados, se hagan sentir a los propios pueblos como, post-modernismos que ellos necesitan: un orgullo, una fidelidad, una lealtad a los que conviene no oponer excesos de humor autocrítico.
He venido encontrando la mayor receptividad, por parte de no pocas personas mayores y de numerosos jóvenes, en universidades de Europa y de los Estados Unidos, para la tesis de que el aparente arcaísmo hispánico -la idealización del ocio, de la meditación, de la tertulia -pareciera que se va imponiendo a las sociedades más avanzadas de hoy, con los aumentos de automación, de tiempo libre y de promedio de vida, como un postmodernismo que se proyectara ya sobre la realidad. Los activistas desmesurados que hasta hace poco se complacían en ridiculizar en la gente hispánica lo que consideraban su indolencia,
sus vagabundeos voluptuosamente perezosos, su tendencia a dejar para mañana parte de sus quehaceres, su siesta, sus muchos días santos, devotos o festivos, están ahora a la defensiva. Son ellos los que se están volviendo, un tanto ridículos a fuerza de automación, una automación que su excesivo activismo hace insoportable. Son ellos los que necesitan reeducarse y educar a hijos y nietos para un futuro humano en el que los hispánicos habrán de convertirse en maestros de ocio, de desocupación, de meditación para los anglosajones, los germanos, los suizos, los escandinavos que actualmente Ilegan al extremo de recurrir al suicidio como solución a su acedía de hombres incapaces de ocio: hombres que no saben qué hacer con el tiempo libre, con el tiempo desocupado, con el tiempo inútil. No saben vivir el tiempo así inútil, saboreándolo o degustándolo; no saben liberarse de la preocupación de que cualquier tiempo sea dinero; y el dinero, un cuasi dios que se impone a sus adoradores mediante el tic-tac de los relojes que marcan, no ya las horas, sino los minutos y segundos.
Si para el hombre el tiempo es esa "continuidad sucesiva de estar siendo" de la concepción orteguiana, a la que se refiere en lúcido ensayo en que desarrolla la idea de Ortega y Gasset el profesor de la Universidad Católica de Valparaíso Juan Antonio Widow Antonicich, se comprende que esa continuidad no sea tan sólo de trabajo sino también de holganza, no sólo preocupación del presente sino nostalgia de lo que fue; ni tan solo nostalgia de lo que fue, sino también esperanza de lo que será. A través de esas alternativas de estados de espíritu es el hombre continuo en relación con el tiempo; y en el caso del hispano, al considerar esa continuidad se comprende que el hombre histórico sea el tiempo, es decir, el sujeto con relación a su vivir continuo pero diverso en el tiempo, a tal punto que los filólogos hayan destacado que las lenguas hispánicas sean las únicas, dentro de las europeas, en que es posible decir "amanecí alegre" o "anochecí triste", como si hubiera entre tiempo y hombre una identificación, a más de psicológica, sociológica, existencial.
Ninguna tentativa de caracterización de lo que sea civilización o cultura ibérica o hispánica puede ser concebida sin que se empiece por tener en cuenta esa especialísima relación del hombre hispánico con el tiempo. Relación significativa para la comprensión de lo que, en la misma civilización, es importancia o valor de la persona. Significativa también para la comprensión de lo que, en la civilización hispánica, es personalización de la propia historia, tanto individual como nacional, de cada hispano si no singular, al menos típico, y de todo el conjunto hispánico, como una serie de biografías y autobiografías que desembocaran en lo que en la modernísima sociología de la biografía se llama biografía o autobiografía "colectiva". A la luz de esa interpretación del ethos ibérico o hispánico - y ¿quién puede separar el ethos de un grupo humano, de su cultura?-, es como mejor se comprende hasta qué punto fue específicamente ibérico o hispánico Miguel de Unamuno, al decir cierta vez angustiado: "España me duele". ¿Qué España dolía a ese hispano o en ese hispano? ¿ La España configurada socialmente sólo en el espacio? Por cierto que no; también la España configurada socialmente en el tiempo. Más la. España de su tiempo singular que la España trivia en el tiempo. Más el tiempo de la vida hispánica vivido personalmente, históricamente, biográficamente por él, Miguel de Unamuno, que los tiempos anteriores o futuros. Espacios y tiempos diversos, sin embargo, y que forman el conjunto hispánico de cultura o de civilización. Y en esos espacios y tiempos necesita sentirse preso, como participante de una cultura trivia en el tiempo, siempre vibrantemente personal y social, y siempre pasado, siempre presente, siempre futuro, el hispano-hombre o el hispano-persona, con un sentido general de espacio-tiempo unificador de diversidades que sólo excepcionalmente habrá faltado a Unamuno.
La España de su tiempo, más que la del tiempo trivio, era la que dolía a Unamuno, como le podría doler el hígado, el corazón, el pulmón o la espina dorsal; como si fuera carne o nervio. El hispano más hispánico siente su cultura como si esa cultura fuera parte de su carne humana, parte irreductible de su cuerpo de persona o de individuo como lo es su sistema nervioso, probablemente no sustituible al modo de las sustituciones actuales del corazón y los pulmones; fuente de su vida, constancia de su experiencia. Es como si esa cultura amaneciera cada día en él y con él, y sólo para él personalmente y no sólo socialmente para él y los demás; si anocheciera en él y con él y para él -como, por otra parte, el propio tiempo o la propia muerte, que, como expresión y a la vez condicionamiento de cultura, es un tiempo con el que el hombre hispánico se idenfica-; que le duele o que lo alegra. De ahí, repetimos, que sólo en las lenguas hispánicas, entre todas las de Europa -según dicen filólogos autorizados -el hombre pueda decir "amanecí alegre", o "amaneci" triste, satisfecho o inquieto, enojado o tranquilo; o "anochecí" contento o descontento, esperanzado o desalentado. El hombre es a tal punto señor del tiempo que no amanece ni anochece con independencia de ese mismo hombre, cuando él es verdaderamente hispánico. 0 hispanizado, como lo fue el Greco.
La civilización hispánica es así una civilización que se ha caracterizado por la variedad de proyecciones personales y no meramente nacionales, en lo que ella tiene de complejo. Más aún: por la variedad de expresiones lingüísticas -castellano, portugués, catalán, gallego- de que se han servido y se sirven hoy no sólo grupos nacionales y cuasi nacionales diversos, sino personalidades también diferentes, en provecho del complejo o del todo hispánico. Un crítico francés, Maurice Légendre, observó ya que la lengua portuguesa es idioma ideal para confidencias, para intimidades, para temuras, mientras que el castellano sería la lengua hispánica vigorosa por excelencia, pública mediante ése su vigor. Claro está que la simplificación es extrema: la lengua portuguesa es también la lengua de los vigorosos ao, que la castellana desconoce, y la castellana tiene sus suaves diminutivos en ito, casi tan dulces como los diminutivos portugueses en inho. De cualquier manera, al hispano le es dado leer obras maestras hispánicas en el original, en cuatro lenguas de diferentes énfasis y resonancias: saborear en portugués el lirismo de Camoens, y en castellano la fuerza dramática de Calderón; en gallego, otros tantos lirismos y en catalán, otras tantas fuerzas dramáticas de expresión hispánica. Fuerzas y dulzuras que se compenetran en la poesía y en la prosa de los grandes autores panhispánicos, pues encontramos portuguesismos en Cervantes y españolismos en Euclides da Cunha. Son interpenetraciones que atestiguan en la literatura lo que ocurre en otros sectores de la cultura ibérica o hispánica, cultura que se desarroIla con diferencias, contrastes, contradicciones que a veces se compenetran, se armonizan y se completan en las cumbres, volviendo sin embargo, en lo cotidiano, los contrastes a ser contrastes, las diferencias a ser diferencias, las contradicciones a ser contradicciones. No podría ser otro el proceso del genio hispánico de civilización: ser transnacional sin repudiar lo nacional; suprapersonal, simbólico, universal en sus culminaciones sin rechazar lo personal, lo individual, lo particular, en sus raíces; buscar lo esencial, siendo constantemente existencial.
Fonte: FREYRE, Gilberto. A Propósito de lo Hispano y de su Cultura. Rio de Janeiro, 21 maio 1968.
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