UNA CULTURA AMENAZADA: LA LUSO BRASILEÑA
Rompo un silencio casi de religioso trapense, guardado, en el Brasil, desde hace tres años aun a riesgo de parecer, a veces, insensible a gentilezas de compatriotas y amigos míos - como en un reciente viaje por los Estados del Sur - para venir a hablar hoy en esta vieja casa portuguesa de Pernambuco, casa, como yo, más dada a las lecturas que a la oratoria; adornada hoy, sin embargo, con sus mejores galas de regocijo - el regocijo posible en este terrible año de 1940 - para la celebración de dos centenarios portugueses, que son también dos centenarios brasileños.
Porque, si uno de ellos es, para nosotros brasileños, acontecimiento prenatal, no por eso deja de ser nuestro, como nuestra es la lengua portuguesa, como nuestro es el Convento de Cristo, nuestro Santo Antonio de Lisboa, nuestra la "Menina e Moça" de Bernardino Ribeiro, nuestra la Universidad de Coimbra, la Sé de Braga, la Torre de Belem; nuestro el Condestable, Don Dinís, el Mondego, el Tajo, el "filhós ou a filhó", el arroz con leche y canela, el vino de Oporto: todo pasado común, valor común, fuente común de vida, de cultura, de sentimiento, tanto para brasileños como para portugueses; tanto para portugueses de Europa como de la India, de África, de las Islas, de Macao.
En el otro acontecimiento, - la Restauración - participó el Brasil con su sangre de colonia ya adolescente; y, aunque compuesto entonces, como todavía hoy, en gran parte, de lo que los "arios" llaman con desdén bandas de "mestizos corrompidos", supo y pudo salvar, no diré sólo para la metrópoli distante, sino para el futuro mundo de habla y sentimiento portugueses; para el futuro mundo luso-afro-brasileño de región católica o de comportamiento cristiano que hoy formamos, constituídos en una especie de federación espontánea, brasileños y portugueses de Europa, de África, de Asia y de las Islas, este gran territorio del Brasil que por treinta años estuvo bajo la amenaza de volverse simple colonia de nórdicos. Nórdicos al fin vencidos sin haber dejado en nuestra lengua de mestizos más que la casi inútil palabra "brote"; mientras los portugueses marcaron el idioma holandés de palabras esenciales como Kraal (de corral), de uso corriente todavía hoy entre los boers.
Fué de esa otra restauración - bajo más de un aspecto, sociológico y antropológico, de mayor importancia para Portugal y para el Brasil que la de 1640 - de la que el historiador inglés Robert Southey pudo decir, con palabras aun hoy llenas de sentido político: "la lucha ambiciosa que los holandeses sostuvieron, por tantos años, con tamaña falta de humanidad y tal derroche de dinero y de sangre, no aportó benefico alguno, a no ser el de demostrar, como aviso a las demás potencias, la imposibilidad de efectuar la conquista permanente del Brasil".
Fué durante el esfuerzo doloroso que costó esa otra restauración - en la que los brasileños no solamente expulsaron a los holandeses del norte del Brasil, sino que coadyudaron a la reconquista de Loanda para Portugal - cuando Pernambuco se destacó por su capacidad de resistencia a las agresiones - aun las como aquella promovidas por uno de los centros más poderosos de la nueva Europa burguesa y capitalista -; por la constancia en la defensa de su territorio y sus tradiciones; por la capacidad de dirección y al mismo tiempo de sacrificio en los momentos difíciles, sin olvidar que dió a Portugal - como hoy da al Brasil - no solamente numerosos soldados, en su mayoría mestizos, caboclos, mulatos, cuarterones y ochavones, sino grandes figuras de jefes, entre ellos el de la Restauración cuyo tercer centenario conmemoramos hoy, el pernambucano Matías de Albuquerque, vencedor de los españoles en Montijo.
En la iniciativa de V. Excelencia, Señor Cónsul de Portugal, incitando a tomar la palabra hoy en esta casa, para el Brasil, no a un orador especializado en discursos convencionalmente solemnes, sino a un estudioso poco amigo de las solemnidades y de los convencionalismos, veo una significación particular. Primero porque viene del representante del Gobierno que tuvo la singular generosidad de nombrarme, hace dos años, miembro de la Academia Portuguesa de la Historia, distinción que no olvidaré nunca, aunque sentimientos inquebrantablemente antiacadémicos me hayan impedido de aceptarla. Pero esta significación va más lejos: la invitación que me trae aquí viene también de portugueses de Pernambuco que, con una que otra excepción, como la del negociante Antonio Dias o la del Abogado Pereira de Sousa - el continuador, en Recife, de la tradición ilustre de Trigo de Loureiro y de Sousa Pinto - apenas me conocen personalmente -. Viene tambien del Instituto Arqueológico y Geográfico de Pernambuco, que, también hecha una que otra excepción, como la de su digno Secretario perpetuo, el señor Mario Melo, me conocen poco. Saben apenas como el Gobierno Portugués y la Academia de Historia de Lisboa, que vengo contribuyendo, modesta pero concienzudamente, desde mis primeros estudios de adolescente, a la rehabilitación de la figura - por tanto tiempo calumniada -, del colonizador portugués en el Brasil; a la rehabilitación de la obra - por tanto tiempo negada o disminuída - de la colonización portuguesa de América; a la rehabilitación de la cultura luso-brasileña, amenazada hoy, inmensamente más de lo que se piensa, por agentes culturales de imperialismos etnoegocéntricos, interesados en desprestigiarnos como raza - a la que califican de "mestiza", "inepta" - "corrompida" - y como cultura - que desprecian por rastreramente inferior a la suya. Este esfuerzo de rehabilitación es consecuencia de estudios, - lo más objetivo posibles -, y no de simple sentimentalismo o de pura emoción: si siquiera de la natural emoción de descendiente de portugueses, emoción que no podría disimular - disculpen esta nota personal - quien, brasileño de varias generaciones, une a la sangre lusitana e indígena, de antepasados remotos, la de abuelos, también distantes, holandeses y españoles.
Dije yo que los portugueses de Pernambuco apenas me conocen personalmente. Es que hoy el intelectual brasileño puede ser, como consecuencia de sus estudios, admirador de Portugal sin ser conocido por las colonias portuguesas del Brasil, como lo fueron la mayor parte de los intercambistas luso-brasileños de antaño. Las relaciones intelectuales entre nuestros países no están hoy supeditadas a intereses o vanidades de especie alguna, por parte de intercambistas literarios, profesionales o aficionados, los cuales, si todavía existen, san tan insignificantes que es como si no existieran. Los portugueses de Pernambuco, que no fueron a buscar algún vestigio de intercambista a la antigua para su orador brasileño en las conmemoraciones de hoy, sino a alguien que es la propia negación de aquel tipo, ya arcaico, de intelectual habilidoso y fértil en palabras vacuas, tan bueno para abrillantar las fiestas cívicas y particulares, sólo por esta elección definieron el carácter de la solemnidad que nos reúne esta tarde-en el Gabinete Portugués de Lectura: no un simple acto de liturgia social; no una pura expansión sentimental de patriotismo nostálgico o apologético; no una mera demostración convencional de cordialidad luso-brasileña. Sino algo más serio, más sincero, de casi independencia de las convenciones.
Si es cierto que, lógicamente, vuestro orador brasileño de hoy debiera continuar retraído de cualquier tribuna que no fuera la universitaria, por otro lado nuestra época no es de las que imponen una lógica estricta a los intelectuales. Ni lógica estricta, ni aquel apartamiento de las cosas del mundo de los intelectuales llamados puros, convertidos en una especie de "castrati" entre los hombres; con sus vestiduras casi unas sayas negras de dueña antañona, los ojos, más un pretexto para los quevedos pedagógicos que ojos; llenos de miedo de comprometer su ciencia con opiniones a actitudes ante los problemas del día. Nuestro tiempo es de los que no permiten hablar bizantinamente del pasado, ajenos a cuanta amenaza pueda venir a comprometer ese pasado y obligarnos a nuevos esfuerzos de independencia o de restauración; ajenos a cuanta fuerza pueda levantarse de repente para aplastar lo que anima nuestra vida común de portugueses y brasileños en sus motivos más profundos, en sus valores más intensos, en su constante más característica: la de prolongarnos en un tipo de sociedad y de cultura que es, bajo más de un aspecto objetivo - casi susceptible de ser medido a los afectos de comparación sociológica - la expresión más alta de la ética cristiana aplicada a la organización social de las naciones.
Más aún; los tiempos son de los que repudian al intelectualismo puro, al esteticismo puro, al cientificismo puro, al historicismo puro, para imponer, a los que estudian problemas sociales y cuestiones humanas, no solamente el deber de expresar en voz alta y clara, y no tímida y gangosamente académicas, verdades de las llamadas lógicas o experimentales - como por ejemplo: la ninguna base científica del mito de las razas "superiores" o razas "puras", hoy proclamados con énfasis desde las torres de la propaganda política de los partidos racistas de Europa -, sino hasta el de animar sentimientos que, sin ser rigorosamente experimentales, son, sin embargo, realidades tremendas para la vida, la sociedad y la cultura de los pueblos, amenazados por la negación de esos mismos sentimientos, los que serían substituídos por otros aun más ilógicos.
El sentimiento cristiano de la dignidad del ser humano, que se confunde con el sentido mismo de la personalidad humana, anterior al propio cristianismo, es uno de aquellos sentimientos tradicionales, una de aquellas realidades básicas sin las cuales no se explica la civilización moderna de Europa, de América, y de varias otras partes del mundo. Civilización cuyas deficiencias son, sin duda, enormes; civilización que necesita ser reorganizada en lo más profundo de su economía y de su vida, pero sin que por ello se justifique el abandono de todo lo existente por la aventura de alguna organización enteramente nueva, brutalmente contraria a todo lo que es sentimiento, forma y estilo de vida tradicional.
Ninguno de nosotros, cualquiera sea su criterio o manera de aceptar o considerar valores tradicionales de cultura, y lo que ellos contienen de sentimiento, de rebeldía, por lo tanto, a la experimentación rigorosamente sociológica, puede, en momentos como los de este trágico 1940, permitirse el lujo intelectual de despreciar los "residuos" de los cuales habla, en libro célebre, el Marqués Wilfredo Damaso Pareto; ni siquiera los amantes o profesionales de la sociología experimental. Por mi parte no veo la lógica de ese cientificismo que, por no interesarse más que por lo que considera estrictamente lógico o experimental, se cruza de brazos frente a la amenaza de destrucción de todo aquello que siendo, dentro de su lógica, o de toda lógica, apenas sentimiento y no verdad rigorosamente experimental, sería entretanto substituído por mitos primitivistas, mitos simplistas, mitos improvisados; y no por verdades lógicas y experimentales.
Contra mitos de un primitivismo tan crudo como el de la superioridad de esta o de aquella raza o ideales tan simplistas como el de la exclusividad de esta o de aquella cultura - y, dentro de cualquier cultura, de este o de aquel elemento - mitos e ideales sin ninguna lógica ni base experimental, y cuya amenaza viene directamente hasta nosotros, luso-descendientes de América, soy de los que no vacilan en oponer el ejemplo de aquellas expresiones más objetivas de la ética cristiana, - cristiana en el sentido más amplio de la palabra, sentido más sociológico que teológico, - y de espíritu al mismo tiempo científico y práctico, romántico y rutinario, de asimilación de lo exótico y de solución ampliamente humana y no estrictamente técnica o nacional de los problemas sociales, hacia la que se orientaron casi siempre los colonizadores portugueses. Etica y espíritu dentro de los cuales se desenvolvió, no sin deficiencias y contradicciones, es cierto, pero con una constancia, una regularidad, una tendencia social dominante o característica, la obra de descubrimiento y colonización de los lusitanos del siglo XV al XIX. Principalmente la obra de colonización portuguesa del Brasil. La obra de exploración de las selvas de América tropical. La obra de exploración de los grandes ríos y valles de esta parte del mundo, como el Amazonas. La obra de repoblación. La obra de mestización. La obra de consolidación de la agricultura en los trópicos con la ayuda de la mujer indígena y del esclavo africano. La obra formidable de "intercurso" no solamente humano y étnico sino también cultural del que surgiría el Brasil moderno.
No hay mayor negación histórica de la doctrina que todo lo atribuye a caracteres étnicos fijos en sus diferencias, inflexibles en sus particularidades, inconfundibles en sus trazos psicológicos y por lo tanto necesitados de los mayores esfuerzos de conservación de su pureza, que la historia del pueblo portugués; su independencia; su reacción al dominio español; su obra de colonización. La independencia de los portugueses se verificó por la negación de cualquier purismo étnico - que hubiera conservado Portugal como provincia hispánica - y, por una "conciencia de la especie" no biológica, de semejanzas rigorosamente de raza, sino sociales: la consciencia de necesidades, de aspiraciones, de intereses comunes entre elementos étnicamente heterogéneos. Como ya notara Angel Ganivet, no fué un exceso de diferencias que separó Portugal de España: fué un exceso de semejanzas. Un exceso, principalmente, de semejanzas de producción económica y, al mismo tiempo, un conjunto especialísimo de condiciones de situación geográfica y de situación social, más favorable que las de España al éxodo, a la aventura ultramarina, al contacto largo y variado con elementos extraños, no solamente europeos sino también extraeuropeos.
Ya tuve ocasión una vez de afirmar, a propósito del arte erudito y popular de los portugueses, lo que achara voy a repetir con sentido más extenso: que toda la historia de los portugueses - y no solamente la artística - revela un pueblo con una capacidad única de perpetuarse en otros pueblos, pero sin que el pueblo portugués haya hecho de esta capacidad de perpetuación una política biológica y anticristiana de exclusividad: ni exclusividad de raza, ni exclusividad de cultura.
Al contrario: el portugués se ha perpetuado disolviéndose siempre e notros pueblos hasta el punto de parecer que iba a desaparecer en la sangre y en las culturas extranjeras. Pero comunicándoles siempre tantos de sus motivos esenciales de vida y tantas de las modalidades más profundas de su ser que, siglos después, los rasgos portugueses se conservan en las facciones de los hombres de pigmentación más diversa; en el aspecto de las casas, de los muebles, de los jardines; e el trazado de las embarcaciones; en las formas de los pasteles. Toda la obra de colonización lusitana - y no solamente su arte - está llena de los riesgos de tan espléndida aventura de disolución. Portugal siguió en su política colonizadora aquellas palabras misteriosas de las Escrituras: "ganó la vida perdiéndola". Disolviéndose. Aventura de disolución acompañada del amor a lo tradicional. Amor del que los portugueses han sido acusados como si fuera signo de inferioridad, cuando por el contrario en ello reside la mitad de su fuerza; el secreto de su prolongación actual en un Brasil que se revela como una afirmación cada día más fuerte de las posibilidades continentales - porque la América portuguesa es un continente -, de la cultura de origen portuguesa, que aquí se pluraliza, abierta a otras culturas, conservados los valores tradicionales portugueses como el lastre común necesario y conservada la lengua portuguesa como el instrumento nacional único de intercomunicación verbal entre los brasileños de todas las regiones y de todas las procedencias, no solamente por sentimiento de tradición sino como por necesidad práctica de articulación de las mismas regiones en nación o, mejor, en amplia democracia social; conservando el cristianismo que los portugueses introdujeron en esta parte de América, como la forma apolítica más igualitariamente nacional o general - tan nacional o general como el idioma - de los brasileños de orígenes diversos para intercomunicarse, no siempre religiosamente, étnicamente, - y participar, si no religiosa, éticamente - en esa amplia sociedad cristiana de la que habla T. S. Eliot en un libro reciente: aquella en que lo natural del cristianismo es ceptado, sociológicamente, por todos; lo sobrenatural - con sus dogmas, sus doctrinas, su teología - por aquellos que tienen ojos para lo sobrenatural.
En el cristianismo que Portugal transmitió al Brasil y que no tardó en ganar nuevos matices en América, al contacto con la naturaleza tropical, con las estrellas, con los ríos, con los animales y con los indios de esta parte del mundo, había algo de esencialmente franciscano y por consiguiente lírico, que se adaptó a la aventura y después al sentido práctico de esfuerzo portugués de colonización; al espíritu aventurero y al espíritu rutinario, que no son tanto antagonismos que se enfrentan - para al final conciliarse - dentro de la nación o de la cultura portuguesa, cuanto antagonismos que coexisten y de algún modo se armonizan en casi todo lo portugués: en la persona, en la vida, en el esfuerzo individual.
El portugués llevó la espada feudal de Europa - símbolo de su espíritu de aventura - a la India y a otras partes del mundo; pero trajo de Oriente, en el siglo XV, el paraguas, símbolo desde entonces, de su amor a lo práctico y de su voluntad de trabajar y vivir en paz, par más que sean numerosos los casos de portugueses y brasileños a los que el paraguas ha servido de arma. Oliveira Lima solía decirme que su padre, el viejo Lima, gordo y honrado negociante de Oporto, nunca dejaba el paraguas, del cual se valió varias veces, en Oporto y Recife, contra comerciantes poco escrupulosos en sus tratos. Además, el portugués trajo al Brasil el zueco, otro símbolo generalmente considerado prosaico, de su amor a lo práctico, pero llevó de aquí para Europa la pipa de nuestros abuelos indios, que es y ha sido cuando menos un excitante al espíritu de aventuras, de sueños, de poesía, de acción romántica, en individuos y hasta en pueblos; y a veces un consuelo para los excesos de la calma o de la acción romántica en la vida de unos y otros.
Vuelvo a repetir aquí la idea ya esbozada en uno de mis primeros ensayos: la del franciscanismo, del naturalismo, del lirismo cristiano del portugués. Franciscanismo diremos, total, sociológico, cultural y no solamente religioso o ético.
La idea del franciscanismo portugués ha sido enunciada, desde diversos y particulares puntos de vista, por otros estudiosos del pasado portugués: por el historiador Jaime Cortesâo, por ejemplo, en un estudio sobre la expansión religiosa de los portugueses en ultramar; por el pensador Leonardo Coimbra - de quien es la sugestión de que el naturalismo de San Francisco habría enseñado a la ciencia moderna - de la cual varios portugueses fueron pioners - "a tener confianza en el Universo, obra de un Creador Benigno", y, última y especialmente - en 1936 - por el Padre Antonio Ribeiro, en su ensayo sobre "La vocación misionera de Portugal".
Yo la esbocé en 1933 y aún antes - en 1925 - ;y no como rasgo de una cualquiera actividad particular del portugués, si no de su comportamiento en general; de su propia arquitectura civil y religiosa - antes lírica que dramática - lo que se revela en su gusto por la blancura lírica de la cal en paredes de las casas y de las capillas - humanizada o, más bien, domestizada en las casas con bacón en la fachada.
El portugués siempre vió en el mar una especie de hermano mayor. Dentro del más franciscano de los cristianismos y del más cristiano de los naturalismos, hizo del mar el mejor aliado de su independencia de España y, después, de su aventura de disolución en la cual pareciendo que iba a perderse, se inmortalizó. Y a propósito del casi ningún miedo al mar de los antiguos habitantes de las playas de Portugal, el Padre Ribeiro recuerda las jácaras y cantilenas tradicionales de los hombres del litoral portugués:
Mi alma es sólo de Dios,
El cuerpo lo doy al mar.
Y el padre historiados comenta: "Al convivio del Hermano-Sol, de la Hermana-Luna, de las Hermanas-Estrellas, unieron los portugueses el Hermano-Océano, ya, así llamado desde hacía mucho, en la invocación de la Hermana-Agua..." Más: "tres Océanos pusieron los portugueses al servicio de las comunicaciones y de la fraternización universal".
No solamente las aguas de los mares, no solamente las estrellas del Sur, no solamente el sol de los trópicos serian hermanos de los portugueses. También los hombres de los trópicos, los pueblos de más allá de las aguas de los mares; las gentes pardas y negras de las tierras del Sur. El cristianismo nunca alentó en los portugueses aquel sentimiento profiláctico de defensa, no solamente del alma sino también del cuerpo, tan fuerte en los Puritanos colonizadores de la Nueva Inglaterra, a los cuales el mar nunca se les apareció como un hermano. Ni el mar ni los indios, ni las plantas, ni los animales de América. Viendo un enemigo en el mar, enemigos en los indios, enemigos en las plantas y en los animales americanos, el cristiano Puritano, desde que abandonó a Europa en dirección a la América, cerró su rostro, su cuerpo, su alma, a todo lo que fuese elemento extraño, exótico, diferente, y que pudiese comprometer su integridad europea o su ortodoxia cristiana; que pudiese disolverlo; que pudiese aproximarlo a la naturaleza o a los hombres en estado pagano. El cristiano portugués en el Brasil, al contrario, al hacer de la mandioca de los indios su segundo pan - a veces el único -; de la mujer india o africana, su mujer, a veces su esposa; de la "mae d'-agua" una prolongación de su "mora encantada", a veces una deformación de su "Nuestra Señora de lo Navegantes"; del jugo del cayú su dentífrico; de tatú su segundo cerdo; de la tortuga, materia para una serie de experiencias gastronómicas dentro de las tradiciones de la cocina portuguesa; de la hoja de caraobuçu quemada y reducida a polvo de carbón, remedio para secar los bubones, - mal del que los portugueses del siglo XVI parecen haber sufrido tanto como el indígena -, de la leche de coco un substituto de la leche de vaca; del vino de cayú, un substituto del vino de Oporto - aunque substituto todavía hoy muy distante del original. Aventura de disolución y pragmatismo de conservación. Confraternización con lo exótico y, al mismo tiempo, perpetuación de lo tradicional. Franciscanismo. Naturalismo. Lirismo. Universalismo combinado con regionalismo; combinación que se presenta, cada vez más, como la solución de los problemas de ajuste de los hombre entre sí y de todos los recursos regionales de la naturaleza: recursos vegetales, animales y minerales.
La mandioca y el maíz, el "cayú" y el "yenipapo", el "maracuyá" y el "aracá", fueron adaptados por los portugueses, en el Brasil, a viejas recetas de cocina, orientales y africanas, de preparar pan, cuscúz, buñuelos, licores y vinos; el "cayú" convertido en dulce a la manera de los antiguos dulces portugueses de higos; la mujer india o negra arrancada poco a poco del trabajo más duro del campo para el servicio principalmente doméstico, según los usos tradicionales de la Europa cristiana: los hijos mestizos - mulatos o caboclos - en colegios de sacerdotes, juntamente con los blancos, con los hijos de casa europea, con los huérfanos llegados de Lisboa.
Cuando un grupo de padres menos franciscano pretende practicar, en el Brasil del siglo XVII, la selección contra los niños pardos, e inaugurar así en escuelas luso-brasileñas, en colegios católicos de la Colonia, una política racista que nos hubiera llevado a conflictos sociales profundos, es la propia voz del Rey de Portugal la que se levanta contra los Padres de la Compañía, en defensa de aquel cristianismo fraternal, ya entonces inseparable de la obra de expansión portuguesa en el mundo, para la contemporización del europeo con el valor exótico - hombres y culturas - y nunca para el exterminio de los hombres y valores de cultura extraeuropeas o por su puro aprovechamiento económico; ni siquiera por la negación de sus derechos y de sus oportunidades de ascensión social y cultural, hasta la igualdad completa con los europeos. Exterminio o negación en nombre de una mítica superioridad de sangre, de raza o de clase social. O por un ideal esterilizado de exclusividad de cultura.
Es desde el primer impuso portugués en el sentido del descubrimiento de nuevas tierras y de nuevos mares, o mejor aun, desde el primer impulso portugués en el sentido de separación de Portugal de España, impuso en el que, al mismo tiempo, se afirmó la primera alianza de Portugal con el mar, con lo ultramar, con lo ultra europeo; es desde esos comienzos remotos de la acción portuguesa en el mundo, desde cuando esa acción se caracteriza por la disposición aventura del hombre lusitano para confraternizar franciscanamente con lo nuevo y lo exótico en la naturaleza y en las culturas tropicales, sin que el confraternizador abandone su amor por las cosas familiares, cotidianas, prosaicas, útiles, tradicionalmente agradables a sus sentimientos, a su paladar, a sus ojos, a sus oídos.
Antropólogos modernos, de la autoridad de Métraux y de Lowie, citan hoy al viejo Gabriel Soares de Souza - el señor del Ingenio de Bahia a quien debemos la mejor crónica sobre la vida brasileña de su tiempo: la del siglo XVI - como a un naturalista que, en la descripción de los aspectos más íntimos delas costumbres de los indígenas del Brasil, consérvase superior a cuanto Koch Grumberg, Fritz Krause y Karl von den Steinen han escrito, recientemente, sobre los mismos amerindios, con minuciosa erudición y rigor absoluto de terminología. Y es sobre el franciscanismo, en la manera de ser de este naturalista, no solamente en lo referente a la fisonomía de los pueblos sino de las frutas, de los árboles y de los animales de los trópicos, sobre lo que deseo llamar vuestra atención. El franciscanismo de Gabriel Soares de Souza le humaniza frente a las cosas y los animales extraños y frente a la gente de color y de rasgos diferentes a los suyos. Es la suya una actitud esencialmente portuguesa - y esencialmente franciscana - como si de franciscanismo estuviese impregnado el pueblo portugués, más que otro pueblo cualquiera: una actitud característica de la ciencia, de las artes, de la religión, del folklore y de la política del portugués ante lo exótico.
El portugués es, y fué siempre el hombre de la huerta agregada al jardín; de la iglesia pegada a la casa; de farmacia o de la cocina vecina al laboratorio. El pueblo de lo útil con lo agradable; de lo sobrenatural unido a lo cotidiano; de la ciencia al servicio de la vida. De ahí ser tan típicamente portugués el ser del ya anciano hacendado del siglo XVI. En sus descripciones de animales y de plantas asoma a cada paso el hombre atento al rendimiento humano y al valor social de las plantas y de los animales exóticos; y también el amigo de la buena mesa y del buen vino. No describe al tatú, por ejemplo, sin dejar de agregar la descripción - superior en exactitud a la de cualquier zoólogo académico, seco y envarado ante los temas de estudio - que su carne "es muy gorda y sabrosa, tanto cocida como asada". Siempre la dualidad: la aventura de la curiosidad científica humanizada por el amor a lo práctico, por la preocupación de lo cotidiano, por la idea de lo útil. Después de presentarnos al animal o a la planta desconocida, Gabriel Soares de Sousa - en esto característicamente portugués - nos familiariza con el mismo animal o la misma planta, reduciéndolos a posibilidades culinarias o terapéuticas; domesticándolos, en el sentido más puro de la palabra.
No hay que imaginarse, sin embargo, al portugués, en ninguna época, como a un pueblo esquivo a la aventura intelectual o a la experimentación científica y conforme o satisfecho únicamente con la utilidad, la tradición, los usos, la práctica de las casas: con el utilitarismo en su expresión más baja, tanto en sus iniciativas de tiempos de paz como en sus en presas de guerra - más de una vez necesarias al lusitano para conservar su independencia o por recuperarla - y, principalmente, en la inmensa obra de los des cubrimientos y de la colonización, el espíritu práctico del portugués, su espíritu de tradición, de conservación, de rutina, fué acompañado siempre, y a veces precedido, del espíritu de aventura intelectual y de experimentación científica: ese arrojo para lanzarse a lo desconocido que ciertos aficionados a la antropología pretenden sea exclusivo de los nórdicos. Algunos de ellos, para poder armonizar su teoría con la violenta contradicción portuguesa, llegan al extremo de atribuir todo lo que fué acción victoriosa, iniciativa triunfante, arrojo bien realizado de parte de los portugueses, al elemento puramente nórdico de su población; habrían sido sus hombres rubios los fundadores únicos del Reino y los héroes exclusivos de la independencia; ellos habrían sido los navegantes, los descubridores, los "pioners" de la colonización del Brasil y de las conquistas de Oriente; ellos habrían sido los héroes de la Restauración, de las luchas contra los moros y contra España.
Nada más falso. En primer lugar, en el desenvolvimiento portugués, los triunfos siempre han sido alcanzados por la combinación de aquellas dos constantes del carácter lusitano: el espíritu de aventura y el amor a la tradición. El espíritu de iniciativa y el de la conservación. El espíritu científico y el espíritu práctico. Y, como recordaré más adelante, por rubios y morenos. A veces por hombres de barba rubia y cabellos negros. Por hombres con mezcla de sangres nórdicas, moriscos, judíos y hasta negros. Vieira, y, según algunos, Anchieta y Pombal - tres grandes expresiones del Portugal imperial - tenían sangre negra. Mestizas, tres de las grandes figuras del imperialismo portugués. Y es que no solamente la cultura - en general - como el mismo imperialismo - en particular - del portugués, fué un imperialismo antropocéntrico, y no etnocéntrico, como el antiguo imperialismo inglés, como, hasta ayer, el imperialismo norteamericano, como hoy los imperialismos alemán, italiano o japonés.
En ninguna época, decisiva para la cultura portuguesa, se vió a la nación dominada por algún aventurero o por grupos o "élite" de hombres prácticos que despreciasen al hombre de ciencia, al experimentador, al intelectual, al soñador, al poeta, al profeta. De la figura del Infante Don Enrique bien saben ustedes que es imposible separar a la Escuela de Sagres. De los dominadores del mar es imposible separar a los cosmógrafos, a los geógrafos, a los Pedro Núñez. La obra del descubrimiento del Brasil está probado casi por A+B; por un matemático ilustre - que también es un historiador escrupuloso -, el maestro Duarte Leite, el que no fué aventura alguna del acaso, sino el resultado de la unión del espíritu de iniciativa con la ciencia náutica y geográfica de los concienzudos y calmosos doctores. La obra de colonización y por consiguiente de organización y de conservación del Brasil, con todo su prosaísmo de economía y de vida, unido a verdaderas proezas de aventura física y de experimentación social, se sabe que fué, desde el comienzo, orientada por letrados - hoy los llamaríamos sociólogos o intelectuales - de la importancia del Dr. Diego de Gouveia, García da Orta, Frey Cristóbal de Lisboa, Duarte Pacheco, Frey Mariano Velloso, Cristóbal da Costa, el judío portugués Amado Lusitano, el Padre Pedro Juliano, después Papa con el nombre de Juan XXI, Luis de Camoens. Son figuras de sabios, de intelectuales, de letrados, de doctores, de maestros y bachilleres en artes, de físicos, de cirujanos, de Padres-médicos, tan responsables para el buen éxito de la obra portuguesa de exploración de mares, de descubrimientos de tierras y de organización de colonias; para la obra lusitana de ampliación, mejor suave que violenta, de la civilización cristiana en América, en Oriente, en África, y de extensión - más por asimilación que por la destrucción brutal de lo exótico -, de la civilización europea en los trópicos, como las figuras de navegantes, de capitanes, de guerreros: los Fernando de Magallanes, los Vasco da Gama, los Bartolomé Dias, los Pedro Alvares Cabral, los Alfonso de Albuquerque; como por las figuras de los misioneros, algunos de ellos mártires a manos de los salvajes o de los europeos protestantes, otros casi mártires, consumidos antes de tiempo por el exceso de trabajo, por las continuadas vigilias, por los muchos viales; por el exceso de aventura y de trabajo de la vida misionera.
La obra portuguesa de descubrimiento y de colonización se hizo con todos esos elementos - los de la inteligencia y los de la acción, los de la aventura y los de trabajo, los de la ciencia y los de las artes - los capaces de vivir hasta los setenta u ochenta años una vida patriarcal, creadora, procreadora, fecunda, como los Juan Ramallo y los Gerónimo de Albuquerque, y los prontos a morir a los veinte, adolescentes y casi unas criaturas, en guerra contra los moros, como los Don Sebastián, o a los treinta o cuarenta años, de tuberculosis, de cansancio, de paludismo, de exceso de trabajo, entre indígenas y colonos del Brasil, de África, de Oriente, como tantos Padres de la Compañía, como tantos frailes de San Francisco.
De todos - y no solamente de los mártires de la religión - podría haber dicho Camoens:
Vosotros que a costa de vuestras propias muertes
La Ley de vida eterna dilatáis.
No solamente la ley de la vida eterna entendida en su estricto sentido teológico, sino en su amplio sentido biológico y sociológico. Porque es principalmente para eso par lo que se combinaron siempre en el portugués el espíritu de aventura con el de trabajo, el gusto de vivir con el coraje de morir, el espíritu de la ciencia experimentadora, con el apego a las prácticas antiguas, el sebastianismo con la ruda labor, el entusiasmo por las nuevas tierras y por los espacios continentales con la conservación de las tradicionales regionales más insignificantes, la actividad, el empeño, el afán del hidalgo con el tesón del hombre del pueblo, la constancia de la dueña de casa y madre de familia con la del hombre labrador. Todo para sembrar vida. Para dilatar la vida, para intensificarla, para multiplicarla. Multiplicarla en hijos: niños y después hombres de todas las razas. En valores de cultura tan mestizos como los hombres. En valores de la naturaleza: por el transplante de árboles y animales de las islas a los continentes, y de un continente a otro. Y todo sin preocupación alguna anticristiana o antihumana, de exclusividad biológica, de raza; o sociológica, de cultura; o económica, de aislar la naturaleza vegetal y animal en islas o áreas. Pero siempre - o casi siempre - con el universalismo combinado con el regionalismo.
Heterogéneo cuanto a la raza, desde sus comienzos, - pido disculpa por volver a este punto - el portugués se presenta a nuestros ojos, en todas sus afirmaciones de equilibrio, de energía antagónica, de unidad moral, de acción conjunta - la de la Independencia, la de los descubrimientos, la de la Restauración, la de la colonización de América y de África - como un pueblo formado, desarrollado y hoy prolongando en el Brasil, cuya existencia tuviese un fin o propósito didáctico: el de desvalorizar cuanta tesis racista se levante contra los pueblos heterogéneos. Nunca el ideal de pureza de la raza animó o limitó los esfuerzos portugueses. Nunca esfuerzo alguno de aquellos fué la expresión o la victoria de un misticismo de raza. De los tales portugueses nórdicos, que algún maníaco de las tesis arias pretende hayan sido los verdaderos iniciadores de la colonización del Brasil, los marinos de los descubrimientos, los soldados de las Indias, es evidente que no fueron rubios puros, sino en su mayoría, o por lo menos en gran número, del tipo antropológico del litoral portugués del norte, de hombres de barba rubia y cabello negro o viceversa. Mestizos. Mezclas de sangre nórdica y de sangre fenicia. Mezclas - éstas - más antiguas que las del Sur, con sangre morisca, con sangres africanos del norte de África: aquellos africanos cuya influencia sobre la Península Hispánica dió por resultado dos fuertes y creadores mestizajes de cultura (y a veces también de raza): la mozarabe y la mudejar.
Bien sabemos que los indígenas del Brasil no tardaron en distinguir a los portugueses de los franceses, llamando a los primeros "hombres de barba negra". Señal que la barba negra predominaba en los colonos del siglo XVI. No hay prueba de que haya sido el elemento nórdico el exclusivo en la colonización del Brasil en época alguna, ni hay evidencia de que haya existido solo, puro, intransigente, en la "élite" colonizadora. En la colonización del Brasil no dominó, según las informaciones más exactas, ningún tipo físico o antropológico de portugués que excluyera otros tipos de la masa o de la "élite". Siempre la variedad de sangres, la pluralidad de aptitudes, la dualidad capital de tendencias - la de la aventura y la de la reflexión - a unirse en la América portuguesa como en un inmenso campo de experimentación biológica y social: para entrar en nuevas combinaciones de sangre con los indios y con los negros; para enriquecerse de nuevos valores de cultura indígenas y africanas. Esto antes del Brasil independiente; esto después del Brasil independiente.
Aun hace poco un periodista francés, Luis Mouralis, fijando sus impresiones sobre Brasil, destacaba que el comercio de los portugueses establecidos entre nosotros, sin ser lujoso, se hace notar por su seriedad. Vió a portugueses dueños de pequeñas tiendas. Portugueses dueños de grandes almacenes. Portugueses comerciantes al por mayor y menor. Portugueses dedicados al cultivo de legumbres. Y siempre con aquella seriedad. Más reflexión que aventura, puede agregarse. Más pequeño comercio - horticultura, pequeño cultivo, "la vaca lechera" - que la gran aventura comercial, aunque ésta no falte. De cuando en cuando muere todavía en algún viejo villorrio de Portugal algún portugués, hermano del Santísimo Sacramento, enriquecido en el Brasil, casado con una brasileña no siempre aria, y padre de numerosa prole a cual más brasileño, dejando generosamente centenares de contos de reis para algún hospital, alguna Santa Casa, algún asilo de la ciudad a la cual llegó de niño, en la que empezó su vida como cajero de almacén; donde se casó, tuvo hijos, triunfó - casi siempre más por la constancia que por la audacia; pero en general por la combinación de ambas virtudes.
Siempre la aventura y el trabajo condicionaron la vida, el esfuerzo, la muerte, la fortuna, la herencia del portugués. Del portugués-individuo, del portugués-pueblo, del portugués-cultura, plano este último en que formamos un conglomerado de valores y de sentimientos, brasileños, portugueses, y luso - descendientes de las islas, de África y de Asia.
Por eso es - dicho sea paso - que estamos hoy aquí como en nuestra propia casa - los brasileños - conmemorando en los centenarios lusitanos acontecimientos sentimental y culturalmente tan nuestros como de los portugueses.
Los sentimientos que hoy nos reúnen - portugueses y brasileños de Pernambuco - en ocasión de la conmemoración de los dos centenarios, el de la fundación de Portugal y el de su restauración en 1640, son sentimientos que deben prolongarse en preocupaciones actuales, vivas, no diré por la integridad política y territorial de nuestros países - pues esta no es la hora ni este el lugar para ventilar asunto tan delicado y, además, secundario -, sino para la integridad de nuestra cultura común: la cultura luso-brasileña.
Cualquier momento es ahora oportuno para tales preocupaciones: ahora que esta cultura, valor común, es objeto de campañas de desprestigio, de tentativas ridiculizadoras, de esfuerzos en el sentido de su desintegración o, por lo menos, desmoralización, en lugares del Brasil y de África, que empiezan, como otrora España a Federico de Onis, a dolernos: a nosotros que somos el todo cultural luso-brasileño.
En los momentos que atravesamos, la independencia de los pueblos menores no corre apenas el peligro - siempre transitorio, nunca por sí mismo definitivo - de ser, aplastada con máquinas de guerra. Máquinas, las de mayor éxito en nuestros días - en cuya producción se extremó la técnica del europeo, vuelta deliberadamente al primitivismo pagano, después de sentirse oprimido, como si fueran los partidarios de un nuevo y colosal Canudos - semejante al nuestro en la propia concentración de su valiente juventud para el sacrificio - por injusticias políticas, unas imaginarias, otras reales y por la negación no siempre imaginaria, a voces real, de oportunidades para su desenvolvimiento económico dentro del mejor ajuste de relaciones entre los hombres - y no solamente de algunos, no apenas de una clase o de una, dos o tres naciones dominadas por clases o grupos exclusivistas - a los recursos de la naturaleza, a valores que parecen imponerse como comunes. Injusticias y negación de parte de aquella Europa cuyas deficiencias de organización - algunas verdaderamente enormes, pero, aun así preferibles a los substitutos probables, en caso de un triunfo macizamente neo-pagano, etnoego-céntrico, exclusivista a su manera; cuyas deficiencias de organización - organización económica, social y política - el europeo neo-pagano no vacila, en su rebeldía un tanto histérica, en identificar con el cristianismo y con la complejidad actual de la civilización que los europeos más cultos desenvolvieron de la herencia greco-romana, hispano-árabe y sefardita; y no solamente de la cristiana.
Este es el drama al que no podemos permanecer extraños, portugueses y luso-descendientes, americanos de todos los orígenes, hombres de varias sangres, cristianos de todos los credos y aun los sin credo oficial alguno, que Elliot admite en su sociedad cristiana, diversa de la Iglesia y, es claro, de las iglesias, por su sentido más amplio que el impuesto por los dogmas, por las doctrinas, por la teología. Cristianos diríamos histórico culturales: por consiguiente de una vitalidad sentimental e intelectual superior a la de los católicos puramente históricos-católicos, si los interpreto bien, solo por nostalgia, por contemplación estética y por admiración intelectual del pasado de la Iglesia; los católicos inimaginados por el ilustre historiador Oliveira Lima, que se consideraba de ellos por el hecho de ver a la historia brasileña iluminada por la acción de la Iglesia.
Ni en este plano ni en ningún otro, la nostalgia, la contemplación y la admiración del pasado bastan para salvar a pueblo alguno ni institución alguna, o sociedad amenazada por fuerzas concentradas en la desintegración de sus culturas - las fuerzas realmente peligrosas para el mundo decidido a no volver a primitivismo pagano o a entregarse al simplicismo determinista - sea éste el económico o el biológico, de raza - como solución de sus problemas, en verdad urgentísimos, de reorganización de la vida económica, social, política y de la inteligencia.
La victoria de las máquinas de guerra nunca es definitiva contra la independencia nacional o regional de los pueblos; ni contra las instituciones trans-nacionales que son otras tantas expresiones de cultura. Irlanda - por muy oprimida - nunca dejó de ser Irlanda. Ni Hungría, Hungría. Ni la Polonia realmente polaca, Polonia. Ni la Baviera, Baviera. Ni la Iglesia Católica, la Iglesia Católica. Ni el Cristianismo, Cristianismo.
Portugal, desde su fundación, nunca dejó de ser Portugal. Ni el aparato bélico de la España de Felipe II, ni el de la Francia napoleónica quebraron su estructura de nación - o lo que es más importante - de pueblo, de cultura, de valor humano y al mismo tiempo cultural; de valor universal y, al mismo tiempo, regional. Las armas de los Felipes - que fueron las más fuertes - apenas subyugaron la carne del Estado político, hiriéndolo, despedazándolo, sacándole sangre. No lo hicieron desaparecer. No lo sepultaron en el llamado cementerio de las naciones.
Es que el gran drama de la vida y de la muerte para los pueblos no es el que decide por las armas la suerte de los Estados; ni por la de los regímenes políticos. El gran drama es el que decide la suerte de las culturas. Es la guerra entre las culturas. La contemplación y más aun el estudio del pasado lusitano, lleno de afirmaciones vigorosas de vitalidad cultural no solamente política y guerreras, pueden contribuir a animar en nosotros, luso-descendientes, la conciencia de nuestra cultura; el gusto e inteligencia de sus valores; el sentido de sus constancias; la noción de sus características; la perspectiva de sus posibilidades.
Dentro de sus culturas - cuando las poseen vigorosas de tradiciones como nosotros, portugueses y brasileños las poseemos - es como los pueblos se defienden verdaderamente de esos imperialismos animados por el ideal de reducir a los hombres que consideran física y culturalmente inferiores - por ser diferentes de color, en la forma de la nariz, en los valores de su cultura - a sus vasallos, a sus lacayos, a sus siervos.
De allí el hecho de que, conscientemente o no, estemos los brasileños desde hace mucho tiempo en guerra contra los imperialismos de esta clase - no solo uno, sino varios -; y en defensa de los valores de cultura esenciales a nuestra vida. Valores muchos de ellos comunes a los otros luso-descendientes y a los portugueses de Europa y característicos del mundo luso-afro-brasileño que nos señala con un solo color en el mapa de las culturas modernas; valores, muchos de ellos, comunes a la sociedad cristiana concebida por Elliot y de la que el Brasil es tal vez la expresión más considerables en los trópicos; valores, algunos de ellos, comunes al continente, al todo americano, a esta otra vasta federación cultural y, hasta cierto punto, política de nacionales nuevas de la América a que pertenecemos, sin juzgarnos con el deber de someternos dulcemente a la uniformidad continental de régimen político deseada por ciertos americanistas; o a cualquier otra especie de tutela, dentro del continente.
Guerra esencial y silenciosa de defensa, la nuestra; pero guerra que pide hoy los mismos esfuerzos de movilización que las otras, más aparatosas, más ruidosas, más teatrales, pero no de igual importancia. La movilización de los recursos de cultura de un pueblo - cultura moral, cultura material, consiguientemente agricultura, industrias pesadas, todas las industrias - cuando estos recursos existen, aunque algunos lo sean sólo en potencia, otros dispersos, inconexos y un tanto sueltos - pero principalmente los le cultura llamada inmaterial, tanto erudita como folklórica - es garantía mucho mayor de independencia y - en el caso de perder esa independencia, como los portugueses y los luso-brasileños la perdieron ante la España del siglo XVI, y en parte antes la Holanda mercantilista y protestante en el siglo XVII, y los portugueses ante la Inglaterra capitalista en los siglos XVIII y XIX y la Francia napoleónica en los principios del mismo siglo XIX- de restauración, que la simple movilización militar. Sería ridículo querer disminuir la importancia de esta es los momentos extremos de defensa del territorio y de la autonomía política de las naciones. Pero la verdad es que aquella es realmente la fundamental y debe iniciarse antes los primeros intentos de desintegración de la cultura nacional, regional o institucional, amenazada por una potencia o institución imperialista, ya que son notorios los casos de repúblicas de la América Meridional y especialmente de la Central que han sufrido no sólo la exploración económica, sino el dominio de instituciones plutocráticas del propio continente americano.
La excursión que hice hace poco a los Estados Unidos del Sur del Brasil, me proporcionó la oportunidad de ver claramente confirmados varios peligros para la integridad de la cultura luso-brasileña, peligros de los que no podemos desinteresar-nos: peligros ya conocidos por mi a través de la lectura de libros y artículos de revistas en los que se vienen durante estos últimos años expresando conceptos imperialistas de raza y cultura dirigidos con particular empeño y significativa insistencia en una tenaz campaña de desprestigio de las tradiciones luso-brasileñas del Brasil. A este altura, séanme permitidas, una vez más - contra el consejo de Pascal - algunas referencias a mi propia persona. Es el caso que en una de esas revistas, antigua publicación de estética, filosofía o ciencia, reducida hoy - estoy seguro que no siempre espontáneamente - a melancólicos vehículos de propaganda sectario-política, fuí citado por mi nombre como "víctima de propagandas tendenciosas", frente a la actitud crítica que no me arrepiento de haber sido uno de los primeros en asumir, con relación a exclusivismos o imperialismos de raza y de cultura. Y a mi regreso en Septiembre último de los Estados Unidos, si bien encontré casi desvanecida, en torno mío, la fama de comunista que hace tres años me acompañara, gracias al cariño de unos buenos cristianos de esta feligresía, hasta Portugal, desgraciadamente para ellos sin resultado alguno, hasta el punto que quien me recibió en el Congreso de Historia de la Colonización Portuguesa que se reunió en Lisboa en 1937, con un discurso amabilísimo, fué el erudito jesuita padre Serafín Leite. Pero en vez de aquella fama casi desechada, me recibió en Río, en Santa Catarina, en Rio Grande do Sul, embozadamente otra: la de agente del imperialismo norteamericano; la de brasileño al servicio del Intelligence Service de su Majestad Británica. Y hasta esta otra, inventada por persona tan ingenua - o extremamente bellaca - que ignora, o finge ignorar, hasta dónde va el sentido de economía del profesor Oliveira Salazar; la de agente de Portugal, muy bien pagado por el servicio secreto de propaganda del Gobierno Portugués. Sólo falta otro ingenuo - falso o verdadero - que sugiera que el elogio que haga del cristianismo es propaganda pagada también por los jesuitas o los franciscanos.
Todo esto es muy interesante, muy pintoresco y hasta muy romántico; enaltece mucho el progreso actual de la psicología aplicada, mas no me aleja del deber, en que me considero como estudioso del pasado luso-brasileño, estudioso que, libre de premeditación política o de preocupación apologética, fué a encontrar en los valores de cultura traídos por los portugueses al Brasil, en la mestización practicada por ellos aquí y en todas sus colonias, en el intercambio de su cultura con la morisca, la india, la china, la japonesa, las amerindias y las africanas; en su esfuerzo colonizador de esta parte del mundo, con la ayuda del indígena y del africano; en la fundación de la primera civilización moderna en los trópicos; en el establecimiento, en América, de la sociedad que promete convertirse en la mayor democracia social nuestro días; en todo este conjunto de realizaciones portuguesas, condiciones de vitalidad cultural que pueden servir de base objetiva y lógica - y no solo sentimental - a una política: la política de que al Brasil entero, del Amazonas a Rio Grande do Sul, del litoral a Matto Grosso, le bastan las tradiciones portuguesas y los valores portugueses de cultura, como tradiciones y valores fundamentales y generales - aunque de manera alguna exclusivos - necesarios a su amplio desenvolvimiento no tanto en nación, como en democracia social - social, nótese bien, y no política -, en la gran expresión moderna de civilización cristiana en estos muy calumniados trópicos: tan calumniados que se llegó a inventar para ellos una geografía moral que habría de encontrar disculpa en el clima a todos los excesos que los europeos cometiesen en las cercanías del Ecuador, inclusive los de la exploración del trabajador nativo, del hombre de color, de las "razas inferiores".
No crean que exagero cuando digo que es hora de movilizar los recursos de esta cultura tradicional, vital, humana, socialmente democrática - o personalmente democrática, como algunos quieran que diga - hasta hoy tan fuerte en asegurar-nos la unidad en el continente, la cohesión, el desenvolvimiento relativamente armonioso en el sentido de la democracia social de nuestra vida, contra propagandas ya en plena acción en el sentido de desprestigiar valores esenciales a la vida brasileña y a la continuación de nuestra existencia como América portuguesa, libremente americana e integralmente portuguesa en sus fundamentos, en sus tradiciones generales, en su idioma nacional o general. No crean que sea suficiente la labor del contra-espionaje para descubrir y señalar la gravedad de lo que está ocurriendo en el Brasil; un vasto plan dirigido sistemáticamente hacia la desmoralización y debilitamiento de las tradicionés portuguesas de cultura que condicionan nuestra extensión, nuestra situación, nuestra cohesión en el continente americano.
Esta obra se está haciendo hoy con tal disimulo, que no siempre es posible asegurar si, tras de los anteojos de los pastores evangélicos, directores de asilos para ancianos o huérfanos, de los Estados del Sur, tras de las barbas de comerciantes con nombre israelita y hasta bajo la tonsura de frailes, padres o maestros de escuelas católicas, esparcidos por varios puntos del país, no hay realmente europeos de otros orígenes que no sea el portugués que simplemente traen al Brasil - singularmente hospitalario para ellos - unidos a los beneficios de su actividad misionera, educativa, comercial o industrial, los valores de sus diversas culturas. Valores, muchos de ellos, ya incorporados a la cultura brasileña, casi por naturaleza plural, como casi por una especie de instinto, el pueblo es aquí rebelde a exclusividades de raza y poco inclinado a la xenofobia.
Nadie osará negar lo enriquecedora que resultó para la vida y la cultura del Brasil la actividad de los grupos europeos no portugueses establecidos en varios puntos del territorio brasileño, de preferencia en los Estados del Sur. El peligro no está ni nunca estuvo en ellos: el peligro siempre estuvo y está intensamente en este momento en los agentes de organizaciones políticas que los explotan, disfrazados de pastores evangélicos, de maestros de esto y de aquello, hasta de curas, frailes y profesores católicos. Porque nunca fué tan importante la advertencia del dicho popular de "que el hábito no hace al monje". No exagero ni hago retórica: cada una de las palabras que acabo de pronunciar se basa en el conocimiento, en la observación y en la constatación de hechos y documentos.
Más aún: ya se realizan congresos culturales y políticos directa o indirectamente anti luso-brasileños, en los que se discuten asuntos como "las minorías hacen la historia"... Ya se presentan trabajos, en esos congresos, en que los intelectuales de la obra tendiente a la desintegración de la cultura luso-brasileña se dan como apenas integrantes del Estado brasileño, pero sí miembros de otro pueblo o, como ellos juzgan de otra raza y de otra cultura. Raza o cultura pura, superior y apartada de la mestización luso-brasileña; de las tradiciones democráticas y - en este sentido amplio, nunca en el sectario - cristianas, franciscanamente cristianas, de la cultura luso-brasileña: de las tendencias plurales, universalistas y al mismo tiempo regionalistas de la misma cultura.
Ya se pone la cuestión de la rebeldía del adventicio a la participación en los procesos sociales y en los valores de cultura que constituyen a la sociedad brasileña, a la organización brasileña, el Brasil - que no puede limitarse en ser simple Estado - en estos términos ostentosos: que el pueblo o la cultura que se juzga con derecho de florecer aparte de nuestra cultura y, si es necesario, es claro, contra ella, es - voy a citar palabras de un documento típico e infelizmente casi ignorado en el Brasil - "un concepto de hombres independientes de la ciudadanía, y que se deriva de la sangre, de la especie, de la cultura y del idioma". Otra cita literal del mismo manifiesto anti luso-brasileño: "lo que no obstante no existe es un pueblo brasileño". En esto estamos todos de acuerdo. Lo que hay es un Estado brasileño, en el cual viven diversos pueblos, a saber, para citar apenas algunos, lusitanos, alemanes, italianos, japoneses, indios, negros, etc. Más todavía: "Como en el Brasil la raza lusitana es la portadora del la cultura oficial, del idioma oficial y del poder político, entiéndese hoy por nacionalismo en el Brasil el reconocimiento de la jefatura lusitana... Nosotros no reconocemos la raza lusitana como representante exclusiva del nacionalismo brasileño. Del mismo modo no admitimos que esta concepción política sea designada por nacionalismo. Para nosotros, todo eso son esfuerzos de los lusitanos para mantener y consolidar su predominio en el Brasil, estableciendo las siguientes exigencias: solamente es nacionalista aquel que niegue su raza de origen y se conforme adepto del lusitanismo. Todas estas corrientes - concluyo aquí la cita -, se llamen integralismo, nacionalismo o nativismo, nosotros las llamamos mejor y más propiamente lusitanismo".
De las palabras citadas asoma la animosidad contra la tradición luso-brasileña, la lengua portuguesa, la cultura de origen principalmente portuguesa, consideradas por nosotros - brasileños del Sur, del Norte, del Centro, descendientes exclusivamente o no de portugueses; muchos de origen nórdico - la tradición, la lengua y la cultura generales del Brasil; el lastre y la estructura de la organización brasileña; o mejor dicho, de nuestro tipo de democracia social, en el cual las diferencias regionales se concilian, a través del lusitanismo común, con el universalismo esencial, cristiano, franciscano, siempre tan de los portugueses y hoy tan de los brasileños; la lengua portuguesa, el instrumento de intercomunicación entre elementos de procedencias diversas de razas y de culturas que constituyen el Brasil.
Elementos que, de conservar todos ellos - o cada uno de ellos - su idioma, su cultura, su raza, pura y aparte, con exclusión de la cultura y del idioma tradicionales, como lengua y cultura generales y fundamentales, convertirían al país en un simple espacio geométrico abierto a todas las intransigencias de grupos étnicos y culturales: un conglomerado de exclusivismos hostiles los unos a los otros. Y no la democracia social, cristiana, sociológicamente cristiana, que nosotros deseamos desenvolver aquí, sin preconceptos de raza o de color: de clase o credo religioso.
Alégase en contra de la tradición, la cultura y la lengua portuguesa una inferioridad que está lejos de ser demostrada: a no ser para incautos extranjeros, lectores de manifiestos como el que acabo de citar, o como el aun más reciente, de un geógrafo residente en el Paraná, mantenedor de la misma tesis anti luso-brasileña. Uno de esos extranjeros incautos, poco versados en cosas hispánicas, que después de leer el artículo del ilustre geógrafo-político, residente en Curitiba - artículo publicado en inglés -, me preguntaba muy serio, el año pasado, en Nueva York, si había literatura en la lengua portuguesa: alguna tradición épica o lírica; algún gran poeta, estilista, novelista o ensayista literario. Casi el personaje de Eça en sentido contrario: ignorante de Portugal y el Brasil como expresiones de cultura erudita, inclusive la cultura literaria.
La propaganda en contra de la lengua portuguesa como idioma nacional y oficial del Brasil entero, contra las tradiciones luso-brasileñas como tradiciones ricas de elementos eruditos y no solamente folklóricos, contra la cultura luso-brasileña (que es el fundamento de nuestra cultura y la mayor garantía de nuestra independencia, no sólo política y de Estado, sino social, como pueblo democráticamente mestizo), convención a aquel lector de artículos de propagandistas políticos disfrazados, unos en geógrafos, otros en estetas, algunos en sociólogos, de que la lengua de Portugal y del Brasil, por su poca o ninguna significación literaria, difícilmente podría ser impuesta a colonos de idiomas ricos en contenido estético e intelectual, y no solamente folklórico. Otros incautos, lectores de esos hoy frecuentes artículos de propaganda anti luso-brasileña, deben haber quedado bajo la misma impresión de miseria intelectual y estética de la lengua portuguesa, la que no estaría así en condiciones de ser aceptada o adoptada por europeos de procedencias más ilustres - según suponen - que la lusitana.
Contra estas propagandas, hay quien, por amor a su dignidad intelectual, se niega a levantar la voz para no aparecer como contra-propagandista. Y vemos publicados folletos de serio continente que dan la impresión de palabras científicamente definitivas, con el fin de demostrar que ante las guerras, los conflictos, los choques entre grupos de naciones o tipos de cultura, la actitud del intelectual y del hombre culto debe ser de indiferencia, para así mantenerse-a salvo de propagandas o contra-propagandas tendenciosas. Lo que me hace pensar en cierta anécdota que una vez escuché a un gran narrador. Existía en el mundo una secta cuyos miembros practicaban lo que ellos suponían era el cristianismo científico: no creyendo que hubiera en el mundo mal alguno y sí el bien tan solo. Aconteció que cierta vez al volver de la Iglesia de la secta una devota intransigente, en compañía de su hijo menor, a cierta altura del camino, en un campo apartado, el pequeño se agarró, lleno de miedo, a las faldas de la madre, que se extrañó de ello. ¿Cómo podría su propio hijo temer a nada? ¿Miedo de qué? ¿De quién? ¿De qué mal imaginario? ¿Es que ignoraba que no existe mal alguno en el mundo? El pequeño explicó su temor a un chivo de aspecto poco tranquilizador que avanzada hacia el, con la intención tal vez de tomarle y lastimarlo. "¿Miedo de un chivo?" replicó asombrada la madre. ¿No sabes hijito que no hay mal en el mundo? - A lo que el chico replicó: "Yo lo sé, mamá, pero puede que el chivo no lo sepa".
Creo que la anécdota puede aplicarse a esas actitudes actuales de indiferencia, frente a amenazas que no se toman en cuenta por pacifismo, por optimismo, por cientificismo, por snobismo intelectual, por comodidad. Pues si ninguno de nosotros es hoy bastante ingenuo para creer en luchas entre la Democracia y la Tiranía, entre el Ideal o el Culto del Derecho todo de un lado y la Fuerza Bruta toda del otro, entre naciones de hombres justos, honrados y de un solo parecer, contra naciones de bellacos; si ninguno de nosotros se deja influir por cualquiera de estas mistificaciones, de otro lado algunos encuentran prudente creer en peligros concretos, contra los cuales se imponen defensas, precauciones, vigilancias: hasta quizás el confiar desconfiando del "caboclo" brasileño. Existen hoy en el mundo águilas, osos, leones, tal vez quizás chivos, animales simbólicos de toda especie: contra las realidades que ellos representan los pueblos menores hacen bien en prevenirse. Hay peligros reales. No peligros de naciones contra naciones - estos son transitorios - ni de Estado contra Estado - estos son todavía más superficiales; sino peligros de culturas contra culturas; amenazas de imposición violenta por parte de grupos técnicamente más fuerte a grupos todavía técnicamente débiles, de valores de cultura y de formas de organización social, dentro de los cuales los pueblos menores se convertirían en vasallos de los vencedores, o por ser mestizos, o por ser considerados corrompidos, o por esto, o por aquello.
Estos son los peligros de los cuales me parece oportuno hablaros, en la ocasión en que nos reunimos, brasileños y portugueses, para conmemorar los centenarios de dos hechos que se imponen a nuestro recuerdo no por su sentido mezquinamente patriótico, mezquinamente nacionalista, simplemente político o militar, sino por los grandes significados sociales y humanos que los animan y los unen a las actualidades profundas de nuestra vida; al derecho u oportunidad que reclamamos, portugueses y luso-descendientes, de realizar nosotros mismos, aventuras de experimentación social y principalmente de desenvolver esfuerzos - que se imponen - de reforma social y, más que todo, de reorganización social profunda. Profunda, pero dentro de las tradiciones fundamentales de nuestra cultura y sin violencias, mas bien en armonía, con los valores, las constantes, los sentimientos, por los cuales nos hemos librado de revoluciones de más o menos y de la anarquía cultural en este espacio continental - la América Portuguesa - que es nuestro deber resguardar de imperialismo étnico-geocéntrico para la vasta experiencia de democratización étnica y social que aquí se practica, desde los primeros días de la colonización lusitana. Resguardarla de imperialismos de cualquier tipo, aun los apenas doctrinario; resguardarla de cualquier especie de intromisión imperialista en lo íntimo de su vida y lo esencial de su cultura, sin renunciar nunca al principio y al método de democratización de nuestras sociedades - en Europa, en África, en Asia, en las Islas, y no solamente en el Brasil - por la generación mixta, por la mezcla de las razas, por el intercambio entre las culturas. Principio y método que son la mayor contribución portuguesa y brasileña para la mejor armonía de las relaciones entre los hombres.
Fonte: FREYRE. Gilberto. Una Cultura amenazada: la luso-brasileña. Buenos Aires: Escritorio Comercial do Brasil. 1943. 72 p. (Colleción Problemas Americanos, dirigida por Newton de Freitas, 13).
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